La palabra “chabacanería” y sus formas adjetivadas, masculina y femenina, “chabacano”, “chabacana” denotan una forma de ser que suele asociarse a la vulgaridad, lo obsceno y lo ordinario.  Esta “forma de ser”, se expresa en el habla (tanto en qué se dice y cómo se dice), así como en los gestos.

La chabacanería no es simplemente algo accidental o superficial a la persona.  Puede y suele convertirse en una cualidad muy propia de un individuo, quien — al hablar y comportarse —, ofende frecuentemente la cortesía y el respeto que casi todos procuramos cultivar para con los demás.

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La persona chabacana, por supuesto, no todo el tiempo es así, pero tiende a serlo con regularidad.  De otro modo, no la calificaríamos de tal manera.  Sólo la discreción o el disimulo atempera o encubre  su manera habitual de ser y expresarse.  Otras veces, la conveniencia.

Si, como hemos dicho, la chabacanería se asocia a la vulgaridad y lo obsceno, puede constituirse en un defecto moral.  En cuanto tal, degrada moralmente al individuo.  Es peor aun cuando la persona chabacana celebra su propia chabacanería, llegando a ver en ella hasta algo bueno, digno de emulación y encomio por parte de los demás.

¿Por qué y cómo alguien se torna chabacano? Ciertamente, nadie nace así; observo que los niños no lo son (incluso cuando dicen alguna grosería).  La chabacanería parece empezar en la adolescencia, asentándose en la adultez.  De hecho, la chabacanería es producto de malsanas formas de socialización.  En efecto, se trata de una conducta aprendida y reforzada por un entorno social en donde lo obsceno u ordinario es norma.

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Hay quienes defienden la chabacanería diciendo que “es la forma natural, sincera (no hipócrita) que tiene el pueblo de expresar lo que es”.  Esto es falso y, además, flaco favor le hace al “pueblo”.  En primer lugar, no es “algo natural”, sino adquirido en nuestras relaciones sociales.  En segundo, la sinceridad no tiene por qué asociarse necesariamente a lo vulgar u obsceno.  En tercero, decir que “el pueblo es así” supone otra falsedad.  No todo el “pueblo” es así.  Y si por “pueblo” el chabacano se refiere específicamente a gente de escasos recursos y sin ninguna o poca educación, peor aún, pues entonces hace un gran daño a estas personas.  La chabacanería no ayuda en nada a salir de la pobreza o a mejorar de algún modo la condición social de sectores marginados.

Por otro lado, el uso casi regular de palabras soeces, o el hablar frecuentemente de temas obscenos (hábitos típicos de la persona chabacana), facilita que ésta tienda a acosar, ofender o agredir a otra de la misma manera.  Y otras veces, a corromper a menores a través de sus pláticas.

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La chabacanería no es meramente cuestión de apariencia (aunque también lo es), sino más fundamentalmente, se trata de una forma de vida que afecta la calidad moral del ser humano y su relación con los demás.  Así, socava el respeto por la dignidad humana en cualquier contexto social: la comunidad en que vivimos, la empresa o institución en que trabajamos, el colegio, la universidad, los medios de comunicación que vemos y escuchamos a diario, así como  el mundo de la política.  En fin, todos los espacios públicos que compartimos.

Quizá, en el fondo, la persona chabacana es una persona espiritualmente enferma: alguien en quien se ha atrofiado la capacidad de apreciar el valor del respeto por el ser, parecer y actuar humano en sus formas ideales, valor que no deberíamos despreciar.

 

Sobre El Autor

Ruling Barragan

Profesor Universidad de Panamá

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