La nostalgia podría ser definida como un sentimiento de tristeza y alegría simultáneas que se da cuando recordamos algo bueno y bello que una vez se experimentó, pero que ya no existe. Sentimiento, triste y alegre a la vez, recuerdo, bondad, belleza, experiencia, no existencia… Dada la compleja, paradójica (y muy humana) naturaleza de  la nostalgia, bien merece unas cuantas reflexiones.

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Sólo los seres humanos son capaces de tener este sentimiento gracias a la facultad de recordar.  La etimología de la palabra recordar (“pasar por el corazón”) es muy significativa: el recuerdo que traemos a la mente se debe a algo que movió (y aún conmueve) a nuestro corazón.
La nostalgia consiste en una especie de cariño o dulzura, que se contenta en la contemplación del recuerdo.  Al menos, esto resulta así, si la nostalgia no se convierte en un apego, buscando revivir lo que ya ha perecido pero que no puede retornar.  La nostalgia requiere cierta renuncia o resignación de nuestra parte.  Es la aceptación de que, a fin de cuentas, no podemos vencer al tiempo y tampoco podemos (ni debemos) controlar la voluntad ajena, o la naturaleza de las cosas.
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Por lo anterior, decimos que es un sentimiento triste.  Su tristeza consiste en la conciencia de que aquella belleza y bondad que una vez se vivió, ya no es, ni puede volver a ser, a pesar de todo nuestro anhelo o querer.  A través de la nostalgia reconocemos nuestra impotencia por mantener  los bienes y bellezas terrenales en permanente existencia.
Al reconocer la finitud de la belleza y bondad de las cosas terrenas, pueden aflorar también otros sentimientos.  Uno de ellos es la gratitud por el bien recibido y el asombro por el simple hecho de haber ocurrido. ¿Que hice yo para merecer esta grata experiencia ¿No la reconozco más bien como algo dado, regalado, más que algo ganado?  Nos asombra ver que, misteriosamente, haya sido y, asimismo, haya dejado de ser.
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Claro está, en la nostalgia también podríamos experimentar angustia o desesperación, pero esto sólo ocurre cuando nos apegamos a ese bien o belleza pasada y no la dejamos ir, aferrándonos a ella, tratando de imponerle nuestra voluntad e impidiendo así su libertad (o más bien, nuestra libertad).
La nostalgia, llamada por algunos filósofos clásicos como “melancolía”, nos revela – en palabras de J.L Aranguren – “la insuficiencia de las cosas y el mundo”.  Esto puede inducirnos a considerar la posibilidad de que exista algo “absoluto” (es decir, un bien que siempre es que nunca perece), ya no en las cosas mismas (sean personas, lugares o eventos), sino en nuestro ser más interior, nuestra conciencia en su más prístino estado, según afirman muchas tradiciones sapienciales.
De acuerdo a lo anterior, cuando añoramos el pasado, lo que en realidad añoramos es un retorno a cierto estado natural del alma, que solemos perder cuando nos volvemos adultos.  Así pues, no extrañamos tanto a aquel buen amigo que perdimos cuando falleció, a aquella bella joven que nos rechazó para siempre, o a tal maravillosa ciudad a la cual ya no podremos retornar.  Lo que en realidad echamos de menos es a nosotros mismos, a nuestro primordial modo de ser y sentir las cosas, el cual fue dado a conocer por ciertas persona, en especiales momentos y circunstancias.
La nostalgia entraña y entreteje sentimientos específicamente humanos.  Pero no consiste en mero sentimentalismo; nos revela además los misterios del bien, la belleza y el tiempo, realidades más allá de lo meramente sentimental y humano.

Sobre El Autor

Ruling Barragan

Profesor Universidad de Panamá

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