Estamos en pleno ecuador del verano, tirando más bien a la segunda parte, en la que muchas familias han disfrutado ya de sus vacaciones y la otra mitad está deseando coger la carretera sin mirar atrás, como si no hubiera un mañana o la vuelta a la realidad estuviera a años luz en nuestra escala de prioridades.

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Los niños llevan sin cole algo más de mes y medio y, yo no sé los de los demás, pero los míos llevan un ritmo que ni un esprinter en el Tour de Francia…
Se levantan cada día preguntando ”¿Qué hacemos hoy? ¿Qué plan tenemos?” ”¡Quedarnos en casa y aburrirnos! -he estado por contestarles en más de una ocasión”

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Y es que esto es algo muy generalizado. Hoy en día tenemos a nuestros hijos sobresaturados de actividades extraescolares, con los miles de cumpleaños de los que hablábamos hace unas semanas en otro post. Llega el fin de semana y, si no hay un plan concreto, nos lo inventamos con tal de que tengan algo que hacer…
Estamos colaborando, sin darnos cuenta, a hacer vaga su imaginación.

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Lo veo cada día en el cole o cuando hablo con diferentes amigos, cada uno procedente de una familia diferente, educados de una forma distinta, y cada uno me dice lo mismo ”Yo no recuerdo que mis padres estuvieran tan encima de mí, es más, cuando les decía ¡¡Me aburro!! Me contestaban «pues comprate un burro»”
Y ala, ahí estabas tú, dándole vueltas al coco, porque no entendías lo que habían querido decir, pero estaba claro que no iban a colaborar para que tu tarde fuera más divertida. Así que había que darle a la imaginación y buscarte la vida o morir pasando el tiempo mirando las moscas pasar.

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Cierto es que el modelo paternal que nosotros tuvimos (ni que decir ya nuestros padres o abuelos) no me parece ni mucho menos digno de alabanza.
Nuestros padres se perdieron por el camino, el placer de volver a soñar con Peter Pan a través de nuestros ojos, el placer de volver a rebozarse en la arena haciendo castillos, el de estar una tarde entera hablando de chorradas, el de preparar una fiesta de disfraces una tarde de lluvia en la que no se puede salir de casa…
Se perdieron ese trato directo y cercano que las nuevas generaciones de padres intentamos ahora tener con nuestros hijos.

¡¡Pero cuidado, que todo tiene un precio!! Porque, buscar el equilibrio entre la generación de nuestros padres y la nuestra, no es nada sencillo, y más teniendo en cuenta que no tenemos un patrón del que guiarnos, que vamos a ciegas, y darles todo lo que nosotros no tuvimos (ya sea en tiempo o en cosas materiales) a veces puede volverse contraproducente.

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Una de las consecuencias de la inmediatez con la que los hijos del siglo XXI consiguen sus objetivos (para la que nosotros colaboramos a veces sin medida) es la de cosas-juguetes que pueden llegar a tener y almacenar (que es muy distinto que guardar)

Hemos acabado haciendo de lo extraordinario algo tan ordinario que nuestros hijos empiezan a desvalorizar todo lo que tienen a su alcance.

Esto en concreto es algo que me preocupa seriamente. Que mis hijos vean, en amigos o en otros niños, que se comen un helado cada día en la piscina y entiendan que ellos también tienen que hacerlo, como si fuera un derecho adquirido o una obligación de sus padres.
Y como esto puede ser un balón que se me ha pinchado (el 5° en este mes), unos zapatos nuevos para el cole (el 2° ya en lo que va de trimestre) o el maravilloso viaje a Eurodisney que parece que va de la mano del cura según te da la Primera Comunión…

Yo estoy dispuesta a darles mi tiempo, mi cariño, mi sudor y mis lágrimas, pero en cuanto a caprichos…creo que eso es distinto.Hay que enseñarles a darle el valor que tienen las cosas y, porqué no, a ganárselas.

Así que este verano, en pos de no convertirme en una loca chiflada todo el día regañando (ya sabéis lo agotador que puede llegar a ser) y teniendo que estar diciendo ”esto no se hace, esto no te lo compro, esto no, esto no, esto no…” (que agota aun más) he decidido crear un ”Sistema de Puntos” con el que cada uno se gane ciertos caprichitos poniendo algo de su parte.

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La idea es crear una cartilla con cartulina para que puedan manipular ellos mismos, e ir dando 1/2 puntos por cosas como poner o quitar la mesa, tener su habitación ordenada, obedecer a la primera, etc…y otros por cosas mas bien subjetivas, algo que consideréis en ese momento que haya ayudado a la armonía familiar, como jugar con los hermanos sin pelearse, que se animen entre ellos para conseguir un logro, preocuparse si es que el otro se ha hecho daño, conseguir algo que le cuesta de forma habitual en su día a día (si llora al acostarse, si se frustra y la paga con los demás al perder en un juego, etc…)
Cosas sencillas, nada que no puedan realizar y por las que dar puntos que mas adelante se transformarán en premios.

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Para ellos es una inyección de autoestima ver que, con un poquito que aporten, son recompensados.
Pero también para nosotros es una ayuda a la hora de relajar gritos innecesarios con los que no conseguimos nada ¿Que no ayudan en las tareas sencillas de casa? Mucha paz, no pasa nada, los que pierden son ellos, nosotros tan felices y ellos con 1/2 punto menos.
¿Que no paran de pegarse o pelearse entre los hermanos? Lo mismo, nosotros momento zen total…

Y os preguntareis ¿De que tipo de premios estamos hablando? Pues dado que son cosas sencillas que los niños deberían hacer de por sí y volviendo a que hoy en día tienen de todo, os animo a incluir en vuestra caja de sorpresas (de regalos) cosas sencillas como ”Elegir un desayuno especial” ”Ver en familia una película que él elija con las chuches que él decida” o ”Vales para helados en la piscina”.

Si bien es cierto son niños, y no niños cualquiera, niños del siglo XXI, y eso se les quedaría corto tarde o temprano…Por lo tanto hay que darles algo más. Incluid en vuestra lista cosas que ya de por si se las hubierais comprado, como esa pelota que ha roto ya cinco veces y el pobre no tiene con que jugar, o el plan que teníais pensado hacer toda la familia en el Aquopolis, o cualquier otra cosa que se os ocurra.

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Adaptar este sistema según la edad de vuestros hijos ya es tarea vuestra.
Lo importante es «Hacer de lo ordinario algo extraordinario» Que valoren que cada cosa tiene un coste, ya sea monetario o medido en tiempo de papá y mamá.

Sobre El Autor

Patricia Carballeda

Soñadora y creativa, ''con los pies en la tierra, pero la mirada en las estrellas'' Buscadora de nuevos retos. El mejor que encontré: mi marido y mis 3 enanos.Espero que mis consejos os sean útiles de verdad.

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