Cada cierto tiempo, ocurre algo en nuestras vidas que nos empuja al límite. Rupturas amorosas, la muerte de un ser querido e incluso una ira inconmensurable, pueden hacer que nuestros lagrimales se desborden y produzcan el llanto. Ese que aún es tabú en nuestra sociedad occidental y más cuando se trata de un hombre. Pero, ¿qué pasa cuando son cosas más triviales las que te están empujando a ese estado?

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Aunque llorar o dejar de hacerlo pareciera ser una cuestión de género, hoy en día son cada vez menos los espacios que nos damos para expresar nuestras emociones. Sin importar si somos hombres o mujeres. Quizás el exceso de responsabilidades, la necesidad de ser eficientes y de esconder nuestras debilidades, para evitar los ataques de otros, son los factores que nos llevan a reservar nuestras lágrimas para esos pocos momentos donde son aceptables.

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Si bien hay que prestar atención a una persona que llore descontroladamente por cualquier cosa. También hay que concienciar si nosotros no estamos colocando una máscara demasiado gruesa a nuestras emociones. Ya que esto tampoco es saludable y puede maltratar a nuestro organismo.

Las emociones reprimidas pueden producir un rango de enfermedades que van desde la artritis hasta el cáncer, y solo aprendiendo a manejar correctamente nuestra “escalera emocional” podremos estar en equilibrio y reaccionar a las situaciones de forma positiva, incluyendo, por supuesto, el llanto como válvula de escape de los sentimientos negativos.

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Llorar = sanar

Y es que llorar trae, como principal beneficio al organismo, una sensación de calma, ya que este líquido hidrata los globos oculares y libera hormonas de bienestar (opiáceos y oxitocina) después de haber pasado por un gran nivel de estrés. Literalmente expulsamos toxinas de nuestro cuerpo con las lágrimas, por lo cual podemos sentirnos mejor e, incluso, prevenir ciertas enfermedades.

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Además, por contradictorio que parezca, llorar nos permite acercarnos a otras personas, ya que mostramos o recibimos empatía de ellas. También podemos tener respuestas más positivas a las situaciones después del llanto, en lugar de reprimir todo aquello que nos está causando malestar y reaccionar agresivamente.

Por otro lado, la sensación de bienestar que aparece después de una buena sesión de llanto nos coloca en un estado más reflexivo y nos permite analizar la situación desde otro punto de vista, una vez liberada toda esa adrenalina que nos tenía en tensión.

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Recuerden que venimos a esta vida a ser felices, no perfectos, y por ello los invito a conectarse con su emocionalidad, ya que es esta la que nos mueve para alcanzar el bienestar que tanto anhelamos. Ahora, un poco de música:

 

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¡Gracias y hasta la próxima!

Sobre El Autor

Rose Dupouy

Cantautora. Escritora. Productora. Locutora. Fotógrafa. Emprendedora. Soñadora. Viajera. Grammar Nazi. Sarcástica. Animal Lover.

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