A veces me pregunto lo que estaríamos dispuestos a hacer por nuestros hijos y por nuestra unidad familiar.

Intentamos que no les falte de nada, ni juguetes, ni comida, ni una buena educación…unas vacaciones chulas, que también ayudan a estrechar más los lazos…una pequeña excursión de aventura…
Pero todo ello ¿Para qué? ¿Para qué enseñarles trigonometría avanzada o tres idiomas si nos dejamos por el camino valores como la generosidad, el respeto por los demás o la lealtad?

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Vivimos tan acomodados que no miramos más allá de lo que pasa detrás de nuestro umbral y la realidad es que, hasta hace relativamente poco, el suelo que pisamos estaba dividido y muchos tuvieron que salir en pijama a otros países por ‘’discrepancias’’con los vecinos.

Una época bien distinta a la que vivimos hoy. El poder económico no había llegado a los bolsillos más que de unos pocos, por lo que la mayoría vivía por y para trabajar y dar de comer a sus polluelos; nada de jugar con los hijos ni ir de vacaciones a la playa. Las comunicaciones eran lentas y escasas, apenas sabían algo de lo que pasaba en ciudades cercanas como para saber lo que pasaba a millones de kilómetros.

Que si el uno dijo esto, que si este dijo lo otro…este me ha quitado esto, este lo otro…¡¡Y se armó el Belén!!

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Todos sabemos que cualquier conflicto de cierta magnitud deja tras de sí muchas cosas que olvidar y más cuando resulta entre miembros de la misma sangre.La pena es que, en cualquiera de estos conflictos,los más perjudicados siempre son los niños, independientemente del lado de la calle en la que estuvieran posicionados sus padres.
En nuestro caso alrededor de 35.000 niños, entre los 5 y los 15 años, tuvieron que ser refugiados en países como Francia, Reino Unido, México, Suiza o la URRS.
Pero estas cosas hoy en día, en pleno siglo XXI que tenemos de todo, no pasan ¿no?…Pues va a ser que sí, y si echamos un vistazo tras la mirilla de la puerta, veremos que la historia se repite una y otra vez, pero con otros nombres y apellidos.

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Centenares de estas historias se perdieron por el camino, personajes anónimos que nunca regresaron a sus casas por diferentes motivos, pero no todas fueron olvidadas.Hubo un caso concreto, el de una niña española refugiada en Georgia, en la zona de Abjasia, que volvió a España años después y decidió acoger a los que en su momento la acogieron a ella.

Hoy en día cuando se nombra la palabra ”refugiado” a todos nos entra un cierto intríngulis, pensamos ”qué lástima que aún siga habiendo personas que tengan que salir de sus casas y de su país por conflictos que a nadie les interesa resolver”.
Eso mismo pensó la niña de nuestra historia, tan sensibilizada con las consecuencias de un conflicto así, pues el que allí se libró fue muy similar al nuestro,tanto que decidió actuar (viendo que otros con más fuerza no eran capaces de hacerlo) y crear, hace ahora 20 años, la Fundación Integración y Solidaridad (Finsol) cuyo objetivo principal es traer cada año a unos 40 niños georgianos, refugiados de la guerra de Abjasia, a pasar unas vacaciones reparadoras en familias voluntarias españolas y en campamentos multiculturales de la Comunidad de Madrid.

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Familias como la de Ramón, Isabel y su hijo Miguel que, desde el 2012,comparten un rinconcito de sus vidas durante dos meses al año con Levan, uno de tantos niños que lleva impregnado el sello de ser refugiado.
A él le abren las puertas de su hogar, le acogen como al hijo que vuelve a casa cada cierto tiempo, con los bolsillos vacíos, pero rebosante de amor y de ganas de reír de nuevo, de jugar sin miedo, de disfrutar de la vida y de su infancia.
Después de estos cinco años no son capaces de imaginar su vida sin él. Su capacidad de amar se ha ido ensanchando poquito a poquito,con cada visita,y, al abrir su corazón a este niño que pedía a gritos un cambio de vida, se han dado cuenta de que, sólo dándose por enteros, es como se puede ser feliz.

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Hasta ahora los acogimientos son todos temporales, entre los meses de Julio y Agosto, y ayudan a que estos niños se olviden durante un tiempo de palabras de odio y hostilidad hacia sus vecinos, que disfruten durante un tiempo de ¨su tiempo como niños¨, como sólo un niño es capaz de hacerlo.
Finsol se encarga de gestionar todos los papeles necesarios para la acogida, el seguro médico que cubre su estancia en Madrid y la persona que les acompaña durante estos meses por si hay alguna dificultad de comunicación en cuanto al idioma, aunque nos aseguran que mejor o peor, todos ellos se hacen entender.

A las familias de acogida, aparte de poder solventar los gastos del billete y de la estancia del niño en España, se les pide un único requisito, pero que es imprescindible: que sean conscientes de lo que van a hacer y estén todos los miembros de la familia conformes, ya que acoger a un ser humano no es solo darle cobijo, una buena cama y comida cada día en la mesa, sino que implica un esfuerzo de humildad, sencillez de corazón y generosa entrega personal.

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El papeleo y la burocracia que hay que seguir para que estos niños puedan venir cada año es inimaginable, cualquier traba que nos cuenten se queda corta, por lo que la fundación tiene que gestionar todo con muchísima antelación. Los plazos para decidirse a acoger suelen ser de Enero a Febrero, con un extra durante el mes de Marzo, que es el que tiene todo aquel que se anime a hacerlo después de leer estas líneas.

Levan llega a España, al igual que el resto de niños georgianos, anclado en una sociedad con muchos estereotipos e intolerante hacia ciertos avances de este siglo, pero cuando está aquí no tiene más remedio que abrirse y expandir su mente y gracias a eso llegará un momento en el que podrá ver por sí mismo que, los errores de sus padres y el odio que les separa de sus vecinos, no tiene porqué adoptarlos él según crezca, sino que debe intentar avanzar como lo han hecho otros antes.
Ayudar a que esto sea posible depende de nosotros y de lo generosos que estemos dispuestos a ser, bien acogiendo en nuestras vidas a un niño como Levan, bien aportando un pequeño granito de arena con un donativo para que otras familias puedan acoger esas vidas.

Cada una de las familias que empezó esta aventura lo hizo sintiendo que su generosidad daría fruto en los niños de forma inmediata.
Lo que no podían prever era lo que ellos traerían consigo: sencillez de corazón…agradecimiento…generosidad sin límites, pues no tienen apego a lo material como nosotros…sin ansias de protagonismo…sin necesidad de nada que no sea dar cariño y dejar que los demás les quieran…

Pues en estos casos ¿Cómo puede saberse quién acoge a quién? ¿Da más el que es generoso con su aportación económica y su tiempo o el que ofrece su humildad y su cariño?
Os reto a comprobarlo este verano en vuestras propias carnes
¡¡Acoged y sed acogidos!!

*Si queréis recibir más información sobre la posibilidad de ayudar a la fundación poneros en contacto directamente con ellos en:
www.finsol.es o en su correo electrónico info@finsol.es

Sobre El Autor

Patricia Carballeda

Soñadora y creativa, ''con los pies en la tierra, pero la mirada en las estrellas'' Buscadora de nuevos retos. El mejor que encontré: mi marido y mis 3 enanos.Espero que mis consejos os sean útiles de verdad.

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