Algunos filósofos de antaño se planteaban preguntas como ¿tiene sentido la vida? ¿vale la pena vivirla? Albert Camus (1913-1960) – quizá el más célebre entre aquellos – decía que este tipo de pregunta (y más aún, su respuesta) merecía nuestro más alto reconocimiento.

La vida y personalidad de Camus no coincidían para nada con la típica imagen del filósofo que solemos imaginar (la que pintó Rembrandt): la de un viejo calvo, barbudo y solitario, cavilando en un oscuro cuarto. Todo lo contrario, Camus era un hombre bien parecido y elegante en el vestir (tanto que la revista Vogue lo tuvo en su portada). Fue también un buen deportista; amaba y jugaba al fútbol, además de ser un gran seductor («hasta con tres novias al mismo tiempo»), según un biógrafo.

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La anterior, sin embargo, era sólo una de sus facetas. Camus fue también un hombre de familia: divorciado de su primera esposa, se volvió a casar y tuvo gemelas de su segunda cónyuge. A temprana edad, quedó huérfano de padre; su madre se ganaba el sustento como aseadora. Nació y vivió en Argelia (en ese entonces, una colonia francesa), en relativa pobreza, hasta joven adulto. Trabajó como periodista, novelista, ensayista y dramaturgo, entre otros oficios, siendo miembro de la resistencia durante la II Guerra Mundial. Combatió los totalitarismos de su época, fuesen laicos o religiosos, teóricos o reales. Buen modelo del intelectual comprometido, independiente y combativo. Tan independiente en su pensamiento que no puede ubicársele propiamente entre los filósofos europeos de entonces, a quienes se denominó “existencialistas”.

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Escribía para todo lector culto, no sólo profesores de filosofía, cuya escritura suele ser árida, abstracta y abstrusa. De hecho, Camus nunca se consideró un filósofo, sino un «escritor». Sin embargo, fue uno que escribió tan bien y con tanta agudeza sobre la condición humana que ganó el premio Nobel a los 44 años. Su discurso de aceptación lo dedicó a su maestro de escuela, Louis Germain, en profundo y humilde agradecimiento.

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Una de sus más conocidas obras, El mito de Sísifo, es famosa por su apertura, en donde dice que “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía”.

Generalmente, quien se plantea una pregunta así atraviesa un serio problema emocional. Sin embargo, este no fue el caso de Camus. Para Camus, el absurdo consiste en la incongruencia que existe entre nuestros deseos de sentido, justicia o felicidad y la naturaleza del universo, que es indiferente a tales deseos y que, por lo demás, nunca los satisface plenamente (ni puede hacerlo). El absurdo no es, pues, el mundo en sí o la naturaleza del hombre en cuanto tal, sino la insatisfactoria relación que, en la existencia humana, se da entre ambos.

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No está de más decir que Camus no sólo no se suicidó (aunque, trágicamente, murió en un accidente automovilístico, a los 47 años), sino que nos exhortó a rechazar el suicidio con “pasión, libertad y rebeldía”. De hecho, Camus vio al suicidio como un acto de cobardía. En respuesta a él, propuso una solución casi nietzscheana: afirmar la voluntad de vivir, con valentía y dignidad, ante los sinsentidos de la vida y, en especial, el de la muerte. Digo “casi nietzscheana” porque, a diferencia de Nietzsche, Camus afirmó esa voluntad de vivir con compasión y solidaridad, en favor de los débiles y oprimidos.

Me parece que el aporte filosófico de Camus sigue vigente. Por respeto a la razón, frente al absurdo de la muerte, el mal y el sufrimiento, no podemos aceptar las respuestas fáciles y cómodas de las religiones que tienen como base la sola fe, tradición o autoridad. Aceptarlas así sería lo que él llamaba un “suicidio filosófico”.

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Asimismo, por amor a la vida, tampoco podemos enfrentarnos al absurdo a través de la violencia – ya sea en el asesinato, o el suicidio – que ciertamente rechazaba Camus. Su propuesta y solución para el absurdo era enfrentarlo con decoro, valentía y altruismo.

A lo anterior, sólo agregaría lo siguiente. ¿No podríamos rebelarnos también contra la visión materialista del mundo, para la cual las víctimas de la crueldad, la injusticia o la mala suerte – en especial, las víctimas inocentes que ha dejado atrás la historia – no tienen ya ninguna posibilidad de recuperar su vida y dignidad? Aunque la concepción materialista del mundo es bastante sensata, resulta moralmente repulsiva. Siguiendo a Camus, pienso que deberíamos igualmente rebelarnos contra ella, aún si a su favor parece estar toda la mecánica del universo y la entera lógica de la ciencia (o la del simple sentido común), tal cual se suelen concebir.

Concedido, esta particular rebelión es inusitadamente absurda, pero ¿acaso no es más absurdo un mundo en que ocurren terribles males que no podemos remediar? Siendo así, creo que nuestra rebeldía sería avalada por Camus

Sobre El Autor

Ruling Barragan

Profesor Universidad de Panamá

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