Emigrar es una palabra que a muchos de nosotros nos puede generar terror: terror hacia lo desconocido, a aventurarse a un mundo nuevo, a conocer una cultura distinta, y sobre todo si estás tan arraigado a tu pertenencia y a tus costumbres. En mi experiencia, el solo hecho de pensarlo me daba pánico, pero a su vez, muy en el fondo, sentía que estaba a punto de realizar una gran y maravillosa aventura, que traía consigo una inmensa cantidad de dudas – “¿Será que estoy tomando la mejor decisión?” “¿Y si mejor me conformo y me quedo aquí?” “¿Conseguiré empleo?” “¿Viviré bien y tranquilo?” “¿Me tratarán bien…?” Esas son tan solo algunas de las preguntas de una interminable lista que no permite conciliar el sueño en absoluto, pero que, poco a poco, se van disipando y hacen ver que, sin duda, estamos tomando la mejor decisión.

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Ciertamente, marcharse de nuestra tierra natal no es fácil, son tantos los sentimientos y las emociones que nos embargan internamente, emociones que sin querer se posicionan en nuestra garganta, creando un gran nudo, acompañado de lágrimas en los ojos, sobre todo cuando nos detenemos a  pensar en las cosas y las personas que dejamos atrás, los lugares que en algún momento constituyeron nuestros momentos más preciados, donde construimos tantas historias, historias que a pesar de la distancia siempre llevaremos en nuestra mente y nuestro corazón sin olvidar ningún detalle.

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Es duro dejar atrás todo lo que construimos, empezar de nuevo, visualizarnos trabajando en algo que jamás imaginamos, caminar como locos por horas para conseguir un empleo -en caso de que llegues sin uno-, dormir en un colchón inflable y sentirte orgulloso de haber comprado esa ”primera cama”… sí, ciertamente es duro, pero es parte de la experiencia y al final serán anécdotas divertidas de contar.

Sin duda, extrañamos el calor de nuestras familias y nuestra gente, los abrazos, las despedidas momentáneas y los “nos vemos ahora” que les decíamos a nuestros amigos, familiares y a nuestra mascota, pero ¿saben?, es increíble saber que, aunque estemos lejos, nadie se olvida y estamos más unidos que nunca, no importa donde estemos, nuestro hogar siempre estará con nosotros.

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Quizás sea un poco gracioso darnos cuenta de que podemos llegar a extrañar lo más mínimo, como, por ejemplo, ese ligero rayo de luz que entraba por la ventana a las 6:00 a.m., el sonido de la cama cuando te levantabas o el alboroto de las guacharacas y guacamayas que vuelan un domingo temprano sobre nuestra casa. Esos son pequeños detalles que probablemente llegaban a irritarnos, pero que, a fin de cuentas, rodeaban y hacían de nuestro día a día algo único.

Nuestra comida es algo que añoramos con desesperación, ya sea porque es un plato típico de tu país o simplemente porque está preparada por nuestras madres y abuelas – cabe destacar que jamás igualaré su sazón único-; lo bueno es que podemos sacar a relucir nuestras dotes culinarias y creativas para no morir de inanición.

Pese a todo, emigrar es una experiencia que nos permite madurar y crecer en todos los aspectos de nuestra vida, nos permite integrarnos a una nueva cultura y, a su vez, mostrar un poco de la nuestra. En el camino conocemos personas maravillosas que nos brindan un poco de calor hogareño y nos muestran con gran amabilidad todo lo bueno que nos otorga este cambio: solo abre los ojos y los sentidos y disfrútalo.

¿Recuerdan que dije que a pesar de que era presa del pánico y las dudas, sentía que iba a ser una gran aventura? ¡Wow, vaya que lo ha sido!

”Enjoy the ride, love the ending”

Sobre El Autor

Luisana Puy-arena

Editor y redactor creativo. Fan de Tim Burton y Mumford and Sons. Amante de las pizzas y las donas. DogLover. Viviendo como Gil Pender.

2 Respuestas

  1. Maria Fugere

    Muy bien escrito, Luisana. Toma mucha valentia salir de nuestro lugar seguro. Mucha suerte 🙂

    *te cuento que despues de tanto tiempo fuera de Venezuela, lo que mas falta me hace falta es la comida de mi mama – eso nuca cambiara!

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    • Luisana Puy-arena
      Luisana Puy-arena

      Muchísimas gracias <3

      Jamás, jamás cambiará 🙂 eso es seguro!

      Saludos.

      Responder

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