El tiempo, nos decía Jorge Luis Borges, es “la sustancia de la que estamos hechos” . “El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego…”, escribía el genio argentino, latinoamericano y universal.

El tiempo existencial, sin embargo, no es mera poesía, o pura metafísica. Toda persona puede constatar dentro de sí, aquí y ahora, cuán real y paradójicamente irreal es el tiempo en que cada uno existe. Que nuestra existencia sea esencialmente tiempo es, a la vez, algo obvio y desconcertante ¿Cómo es posible que algo tan etéreo (cuando lo pensamos o imaginamos) sea algo tan patente (cuando lo sentimos o vivimos) ?

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Si el tiempo (pasado) no fuera real, entonces nunca fuimos aquel niño, joven o adulto que recordamos. Y, sin embargo, la memoria nos muestra que somos todos ellos; por ende, aquel tiempo no es irreal, aunque su modo de ser nos resulte incomprensible. Si el tiempo pasado jamás existió, toda historia o biografía no sería nada más que simple ficción.

Por otra parte, sin el tiempo (futuro), que aún no existe, ninguna esperanza tendría razón de ser. Por consiguiente, ningún ser humano podría vivir. Todo tiempo es, además, “tiempo con los otros”; cada reflexión solitaria es de hecho un diálogo que queremos compartir. Y en la soledad o aislamiento, los otros no dejan de existir.

Al envejecer, muchos tomamos mayor conciencia de lo que Séneca hablaba en De la brevedad de la vida, que por estar demasiado ocupados se nos va la vida, pareciéndonos de hecho muy breve. Más aún, en nuestras sociedades modernas, en que ocurren muchísimo más cosas, y cada vez más rápidamente. Esto somete a nuestra existencia a una alienante aceleración y falta de atención. En nuestro medio, la gente suele expresar esta situación en frases como “ando a mil”, “estoy en mil cosas”. Así, la vida pasa y se desvanece, en efímeras y enajenantes ocupaciones, por hacer esto o aquello y estar aquí y allá, todo velozmente… Todo esto se traslada al ámbito de las relaciones humanas; solemos carecer de tiempo suficiente para dedicar y tratar a los demás como deberíamos.

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Sin embargo, en singulares momentos de lucidez, nos puede asaltar la perplejidad ante los innumerables eventos que nos han acontecido, así como las numerosísimas personas que han pasado por nuestras vidas. Y en medio de tal perplejidad, surgen dudas y penas acerca del valor que brindamos o no a tantas personas, en cada momento de nuestra vida. Así pues, quizá alguien recuerde al buen amigo o amiga que tuvo en la niñez o en la adolescencia, pero del cual más nunca supo, ni para el cual tuvo luego tiempo, al momento en que se tornaron adultos.

Otros probablemente recuerden y se sientan apenados de no haber apartado algún tiempo para aquellos compañeros o compañeras que conocieron en la universidad. Igualmente, para ir a visitar a los vecinos que una vez tuvo, o a los colegas que conoció en este o aquel trabajo.

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Sin embargo, en medio de todos esos recuerdos, también comprendemos la razonable y justificada excusa; nadie puede atender y apreciar a todo aquel que se presenta en su vida tal cual lo merece, pues – simplemente – no nos alcanza el tiempo. De esta manera, al final del día, todos tenemos la misma justificación. Y, sin embargo, nadie queda totalmente absuelto; sabemos bien que todos hemos fallado en alguna medida u otra en la atención y aprecio del prójimo. Esta culpa es universal e insuperable, humanamente hablando.

Cuando se acerca el fin de nuestro tiempo (en aquellos que pueden avizorarlo, pues en muchos no se ve llegar, ya que se da repentinamente), cuando aún tenemos tiempo de pensar y recordar apropiadamente, lo único que podemos hacer para remediar lo anterior es, quizás, experimentar un sincero arrepentimiento por nuestras faltas ante los demás, pero también un profundo agradecimiento, por la gracia de haber vivido tanto y conocido a tantas personas, sin realmente merecerlas (pues toda persona es un don).

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Así pues, al final de nuestras vidas, para morir bien, lo que verdaderamente importará será un arrepentimiento auténtico por los males cometidos, así como un sentido agradecimiento por los bienes de la Vida (o de Dios, si esta palabra le parece mejor al lector creyente). Bienes que recibimos gratuitamente a través de las numerosas personas que quedaron o pasaron en el tiempo que nos tocó vivir. Tiempo que tal vez no agota todo nuestro ser, como pensó Borges, si realmente existe aquello que llaman la eternidad o lo divino.

Sobre El Autor

Ruling Barragan

Profesor Universidad de Panamá

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